Esta tarde vi llover, vi gente correr y, no estabas tú. Y aquellos cabrones que corrían, como si no estuviesen tampoco, aparte de algunas risas.
Y ahí estaba yo, despatarrada en el suelo después del resbalón que había dado en un charco. Las bragas al aire, ¡y ese día con las prisas no me las había cambiado!; zapato aquí, zapato allá; el rímel corriendo por mi cara como la víctima de una peli de terror...
Y en eso que veo acercarse a un anciano, sostenía de malas maneras un paraguas de estos que parecen una sombrilla de playa. Se acercaba renqueando, apoyándose en un enorme cayado, casi tan alto como él.
-¿Te encuentras bien, niña?- preguntó.
- ¡Pues no ve
que no!- respondí, pensando en el "niña", y yo con 35 años.
-Déjame que te ayude a levantarte- propuso.
-Se lo agradezco, pero veo difícil que pueda hacerlo- repliqué.
-No al contrario. Mira, yo te voy a cubrir con mi paraguas, te voy a prestar mi bastón, y tú te vas a asir de él y levantarte- prosiguió.
Así lo hicimos, y tras varios intentos como en una cucaña, me pude levantar con algún que otro resbalón. Él me acercó mis zapatos con ayuda de su bastón y dijo:
-¡Voilà!- exclamó.
-Tanta gente y sólo usted se ha acercado a ayudarme, ¿cómo puedo agradecérselo?- pregunté.
-No te preocupes,niña, ya lo hiciste- contestó.
- ¿Eh?- interrogué, y me imaginé en el suelo con las bragas al aire.
-¿No me recuerdas, verdad?- preguntó el anciano.
-Pues no- contesté.

Que bonito, me encanta
ResponderEliminar