No tengo tiempo de girarme y ver si aún me persigue, solo sé que debo correr, correr sin parar hasta llegar a la estación de tren. Sus pasos cada vez están más próximos a mí, no puedo más, mi corazón no aguanta este ritmo, me siento desfallecer, ¿Quién eres, qué quieres?
Hoy es un día cualquiera de enero, me he levantado para ir a trabajar, como todos los días. He descorrido las cortinas y abierto la ventana, y ahí estaba, de nuevo. No me ha sorprendido volver a verlo a esas horas tan tempranas apoyado en la farola que hay en la acera de enfrente, fumando. Recuerdo que he pensado, ¡por Dios, con el frío que hace, y ahí está todos los días!, estará esperando a alguien. Me he arreglado, bebido el café y bajado a la calle para ir a coger el tren, y ahí seguía, con su cigarro en la boca, y esa mirada desconcertante con la que me he cruzado durante unos segundos, que me ha hecho estremecer, no sé muy bien por qué.He empezado a andar y al momento he escuchado sus pasos detrás de mi, primero lentamente y después tal y como yo apretaba el paso, sus zancadas se aproximaban más. ¿Quién eres, qué quieres?
Cuando me he cruzado con su mirada debería haber hecho caso a mi intuición, he sentido miedo, pavor. Esos ojos oscuros me han helado el alma, y su sonrisa malévola ha hecho el resto. Tendría que haber llamado a un taxi, pero no. Soy reacia a dejarme llevar por mis emociones, ¡Cuánto me arrepiento! Desde hace unos días tenía un pálpito que me inquietaba y me susurraba muy bajito al oído, ten cuidado, ¿quién es, qué quiere?, pero solo hoy lo he descubierto.
Corro sin parar, casualmente no hay casi nadie por la calle, y los pocos transeúntes están como ausentes, en su propios problemas. No puedo gritar, ¡qué me sucede, por qué no puedo gritar! Cada vez está más cerca de mí, escucho ya su respiración y siento como me empuja hacia el callejón, y sigo sin poder gritar, el terror me paraliza.
Me arroja contra el contenedor con rabia, ansia, deseo. Siento sus manos desgarrar mis ropas, sus labios fríos rozando mi piel. Con todas mis fuerzas intento desasirme de él, consigo arañar su cara y le escucho gemir, un suspiro de dolor y placer.
No recuerdo ya más nada, solo sé que estoy tirada en el suelo, sola, con las ropas rasgadas y está comenzando a llover.

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